Los relojes solares hechos de terrones en el patio. Desde sus bordes el calor sube, secando la garganta y el sudor. Una y mil veces, hasta que dan las nueve, todos ellos desperdigados en ese patio tres veces más grande que la pequeña casa, recuerda otro verano, las mismas caras, ojos cruzándose; otros árboles, manos tibias, posadas suavemente en otras, una y mil veces.
Las manos siempre buscando el otro cuerpo.
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